Noviembre 02, 2026

TotalEnergies publica su informe anual sobre escenarios para la evolución del sistema energético mundial, como contribución al debate público sobre la transición energética, que ofrece una visión general del sistema energético, así como escenarios para su evolución hasta el año 2060.

Un sistema energético mundial entre la transición y la resiliencia

El acceso a la energía es un requisito previo para el desarrollo económico y humano; sin embargo, más de la mitad de la población mundial sigue sin tener acceso a suficiente energía para mejorar su nivel de desarrollo en ámbitos como la educación, la salud y la creación de riqueza.

Para satisfacer esta necesidad energética, la demanda de todas las fuentes de energía sigue creciendo hoy en día: carbón, petróleo, gas, electricidad y, en particular, energías renovables. No obstante, el ritmo de crecimiento de los combustibles fósiles y de sus emisiones de gases de efecto invernadero asociadas se está ralentizando, mientras que el crecimiento económico mundial continúa a un ritmo superior al 3 %. Esto es señal de un sistema energético que ha iniciado su transición: para un mismo nivel de riqueza generada, consume menos energía y emite menos CO2.

La evolución de los flujos de inversión energética ilustra este fenómeno

La inversión en energías bajas en carbono —incluidos los usos finales mediante la electrificación de la demanda— casi se ha duplicado, pasando de 1,2 billones de dólares en 2015 a 2,1 billones de dólares en 2025. 

China es el actor principal: representa alrededor del 60 % de las nuevas instalaciones de paneles solares, el 70 % de las turbinas eólicas y el 60 % de las ventas de vehículos eléctricos, además de exportar sus tecnologías «verdes» a gran escala al resto del mundo. Como resultado, la cuota de la electricidad en la demanda final de energía a nivel mundial ha aumentado un 1,3 % anual desde el año 2000, y dicha electricidad está cada vez más descarbonizada: en 2025, el incremento de la demanda eléctrica fue cubierto en su totalidad por nuevas fuentes bajas en carbono.

La crisis en el estrecho de Ormuz en 2026, tras la crisis de Ucrania en 2022, pone a prueba la resiliencia del sistema energético y sitúa la seguridad del suministro en un primer plano. La resiliencia y la seguridad del suministro requieren desarrollar fuentes de energía disponibles a nivel nacional (renovables, biocombustibles, etc.), así como diversificar las fuentes de abastecimiento y almacenar combustibles fósiles, dado el peso que estos tienen en el sistema energético actual. No obstante, esta crisis también puede actuar como un acelerador de la transición energética: desde el segundo trimestre de 2026, las ventas de vehículos eléctricos se han acelerado en Asia, América Latina y Europa, y han aumentado los requisitos de mezcla de biocombustibles; todo ello a pesar de que el carbón —a menudo producido internamente— sigue siendo fundamental para los sistemas eléctricos asiáticos.

Tres escenarios hasta 2060

TotalEnergies está actualizando sus tres escenarios de futuro energético, cada uno de ellos basado en hipótesis que difieren en cuanto a las ambiciones climáticas y la cooperación de los gobiernos, integrando así los desafíos del «trilema energético»: seguridad del suministro, asequibilidad y sostenibilidad.

El escenario «Tendencias» refleja la trayectoria actual de los distintos países: asume que las orientaciones de las políticas públicas vigentes, los avances tecnológicos y el comportamiento de los consumidores se mantendrán en el futuro. Tiene en cuenta la reciente aceleración en la penetración de tecnologías maduras bajas en carbono, como la energía solar y eólica para la generación de electricidad, los vehículos eléctricos y las bombas de calor. 

Sin embargo, las limitaciones de las infraestructuras —especialmente de las redes eléctricas—, las tensiones geopolíticas y las barreras relacionadas con los costes frenan su despliegue a gran escala. 

En este escenario, los países de la OCDE no alcanzan la neutralidad de carbono para 2050, mientras que China se acerca a ella hacia 2060. La demanda mundial de productos petrolíferos aumenta y se estabiliza durante la década de 2030, antes de iniciar un lento declive. La demanda de gas sigue creciendo hasta estabilizarse en la década de 2040. 

Este escenario conlleva un aumento estimado de la temperatura de entre +2,6 °C y +2,8 °C para el año 2100.

El escenario «Momentum» es un enfoque prospectivo, más ambicioso que las tendencias actuales, que asume que los países de la OCDE se acercarán a la neutralidad de carbono para 2050, y China para 2060. 

Este escenario contempla: (i) una mayor electrificación de la demanda final; (ii) la eliminación casi total del carbón en los países de la OCDE, una reducción drástica de su uso en China y un crecimiento muy leve de esta fuente de energía en la India; (iii) el empleo del gas natural como energía de transición para la generación eléctrica y la industria en todos los países; y (iv) el despliegue de nuevas fuentes de energía en sectores que no pueden electrificarse (por ejemplo, hidrógeno bajo en carbono en la industria, o combustibles sostenibles en la aviación y el transporte marítimo). 

En este escenario, los combustibles fósiles siguen cubriendo la mitad del crecimiento de la demanda energética en la India y en el resto del mundo, debido a una inversión insuficiente en alternativas bajas en carbono. Este escenario conlleva un aumento estimado de la temperatura de entre +2,3 °C y +2,4 °C para el año 2100.

El escenario «Ruptura» es un escenario normativo, elaborado a partir de un objetivo final para el año 2050 que limitaría el calentamiento global por debajo de los 2 °C, en consonancia con el Acuerdo de París. Actualmente, alcanzar este escenario parece fuera de nuestro alcance, dadas las rivalidades geopolíticas existentes, ya que requeriría un fortalecimiento significativo de la cooperación multilateral en favor de la descarbonización global. En este El uso del carbón en el sector eléctrico disminuiría con mucha mayor rapidez. La cuota del gas natural se mantendría, en términos generales, estable, mientras que una electrificación más profunda impulsaría un marcado aumento en la generación de energía baja en carbono. Este escenario conlleva un incremento estimado de la temperatura de entre +1,8 °C y +1,9 °C para el año 2100.

La geopolítica, en el centro de las decisiones energéticas

En un contexto marcado por una mayor tensión y rivalidad geopolítica, las distintas regiones del mundo siguen trayectorias cada vez más divergentes.

Estados Unidos no solo ha logrado la independencia energética gracias al petróleo y al gas de lutitas, sino que, además, se convirtió en exportador neto de gas en 2017 y de productos derivados del petróleo en 2020. El país ha aprovechado su abundante producción nacional de gas —a precios competitivos— para reducir sus emisiones de CO2, sustituyendo gradualmente las centrales eléctricas de carbón por otras de gas. 

En los próximos años, seguirá siendo el principal exportador mundial de gas natural licuado y continuará dependiendo de los combustibles fósiles nacionales para satisfacer su demanda; estos aún representarán alrededor del 60 % de la energía primaria en 2060, frente al 80 % actual. Al mismo tiempo, Estados Unidos se situará entre las grandes potencias eléctricas, impulsado, en particular, por el crecimiento de los centros de datos y la inteligencia artificial.

China se está transformando en un «electro-Estado», consolidando su dominio en tecnologías bajas en carbono mediante la integración a lo largo de toda su cadena de valor. Aunque sigue aumentando su capacidad instalada de generación a base de carbón, la penetración masiva de fuentes de energía renovables, la construcción de un amplio parque de centrales nucleares y la adaptación de las centrales de carbón para hacerlas más flexibles están permitiendo reducir la cuota del carbón en la energía primaria, pasando de alrededor del 60 % en 2025 a cerca del 25 % en 2060. La electrificación a gran escala del transporte por carretera reducirá la cuota del petróleo, pasando de aproximadamente el 20 % en 2025 a cerca del 10 % en 2060.

La Unión Europea encabeza la reducción de emisiones al continuar descarbonizando su matriz energética; sin embargo, se enfrenta a enormes necesidades de inversión en redes eléctricas y al doble desafío de preservar la competitividad de su industria, superando al mismo tiempo la reticencia pública generada por los costes adicionales que conlleva la descarbonización de los usos energéticos. En 2035, los combustibles fósiles seguirán representando alrededor del 60 % de la energía primaria. Por tanto, Europa debe encontrar un equilibrio entre garantizar el suministro de energía fósil y ampliar la electrificación de los usos finales, especialmente en el transporte y la generación de calor.

«El sistema energético mundial sigue moviéndose en un delicado equilibrio —entre los desafíos de resiliencia y soberanía, puestos de relieve una vez más por la crisis en Oriente Medio, y una transición en curso—. Los acontecimientos ocurridos desde la crisis del estrecho de Ormuz subrayan la importancia de que los gobiernos promuevan las energías de producción nacional —mediante la generación eléctrica, especialmente a partir de fuentes renovables, la electrificación de la demanda y los biocombustibles—, al tiempo que invierten en asegurar el sistema de energía fósil mediante la diversificación de las fuentes de suministro y la inversión en infraestructuras de almacenamiento y transporte. Algunas de las tendencias observadas en 2026 respaldan la trayectoria de transición iniciada tras el Acuerdo de París, pero no apuntan a una aceleración suficiente para alcanzar el objetivo de limitar el calentamiento global por debajo de los 2 grados», señaló Aurélien Hamelle, presidente de Estrategia y Sostenibilidad. «Prevemos trayectorias energéticas cada vez más diferenciadas según la región: los países productores de energía de origen fósil seguirán utilizando sus recursos nacionales —petróleo y gas en el caso de Estados Unidos; carbón en China, India y otros países asiáticos—. China avanza en su proceso de electrificación a gran escala, aprovechando a la vez su posición de liderazgo en el despliegue y la exportación de tecnologías bajas en carbono; por su parte, Europa buscará un equilibrio entre mantener objetivos climáticos ambiciosos, preservar la competitividad de su industria y financiar las inversiones necesarias para la transición y la seguridad energética».

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