Ene 12, 2026

¿Podrá Trump convertir a Venezuela 

de nuevo en una potencia petrolera?

El presidente quiere que las compañías petroleras estadounidenses regresen con fuerza, pero la turbulenta historia de este país productor de petróleo sugiere que se avecinan desafíos formidables.

Daniel Yergin/S&P Global

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“Hace dos semanas nadie prestaba atención al petróleo venezolano”, me dijo un veterano del sector petrolero el otro día, “pero ahora todo el mundo lo hace”. Donald Trump lo hizo posible. Tras la dramática detención del dictador Nicolás Maduro el 3 de Enero, el presidente declaró que Estados Unidos tomaría el control de la industria petrolera del país, y que Venezuela entregaría entre 30 y 50 millones de barriles para que Estados Unidos los vendiera, destinando las ganancias a “beneficiar al pueblo de Venezuela y a Estados Unidos”.

Pero eso es solo el principio. Trump ha dejado claro que quiere que las compañías petroleras estadounidenses regresen a Venezuela a lo grande.

Sin duda, hay mucho petróleo para extraer allí. Venezuela posee las mayores reservas del mundo, más que Arabia Saudita y Estados Unidos, y durante décadas fue uno de los principales actores del sector petrolero. Pero los últimos años han traído consigo una caída estrepitosa. Venezuela ha estado produciendo muy por debajo del millón de barriles diarios, menos que Dakota del Norte, y representa menos del 1% de la producción mundial de petróleo.

Las estimaciones sobre el costo de reactivar la industria varían considerablemente. Una estimación razonable es de 20 mil millones de dólares para aumentar la producción venezolana a 1,5 millones de barriles diarios, desde los 870.000 barriles que producía en Noviembre. Volver a los 3,4 millones de barriles diarios de producción máxima a finales de la década de 1990 podría costar 100 mil millones de dólares o incluso más, incluyendo nuevas instalaciones, infraestructura y remediación ambiental.

Pero, ¿qué se necesita para convencer a las empresas de que vuelvan a invertir grandes sumas en Venezuela? La compañía petrolera estatal del país, devastada por años de corrupción y turbulencia política, no tiene el dinero ni la tecnología para una recuperación, y mucho menos para una modernización a gran escala. Las compañías petroleras internacionales que sí los tienen querrán tener garantías sobre la seguridad, la regulación y los fundamentos legales de su inversión, dado que los venezolanos de todos los sectores, incluyendo la mayoría del 70% de la población que votó en contra de Maduro en las últimas elecciones, creen que los recursos petroleros del país pertenecen a la nación y son esenciales para la recuperación de su maltrecha economía. Cualquier plan real para reactivar la industria petrolera venezolana debe tener en cuenta el legado político de la larga y turbulenta historia del país con sus riquezas petroleras. De espejismo a auge petrolero

La búsqueda de petróleo en Venezuela comenzó antes de la Primera Guerra Mundial en selvas inexploradas, cuyos peligros incluían mosquitos gigantes, malaria y tribus indígenas hostiles. Un perforador, sentado en el porche de un comedor, murió a causa de una flecha disparada desde la selva cercana. Los resultados de la búsqueda fueron tan decepcionantes que en 1922 un geólogo estadounidense desestimó las perspectivas petroleras del país, calificándolas de “espejismo”.

Pero, como ha sucedido a menudo en la historia del petróleo, cuando casi todos están a punto de darse por vencidos en una nueva región, un descubrimiento demuestra que estaban equivocados. Ese mismo año, Royal Dutch Shell, la compañía anglo-holandesa, encontró un yacimiento petrolífero tan grande que el pozo inicial produjo 100.000 barriles diarios. Esto desató una fiebre del petróleo que atrajo a más de cien grupos estadounidenses y británicos. Un auge petrolero se apoderó del país. En siete años, Venezuela pasó de la nada a convertirse en el segundo mayor productor de petróleo del mundo, solo por detrás de Estados Unidos.

El petróleo se convirtió en la base de la economía, generando el 90% de los ingresos por exportaciones. Nadie se benefició más del auge que el dictador del país, el codicioso y brutal general Juan Vicente Gómez, y su familia. Demostraron una notable perspicacia empresarial al vender los derechos de nuevas concesiones petroleras a compañías deseosas de participar en el negocio.

A finales de la década de 1940, más de una década después de la muerte de Gómez, un grupo reformista tomó el control del gobierno y exigió un nuevo acuerdo con las compañías petroleras. En un acuerdo negociado en parte por el gobierno estadounidense, los ingresos del petróleo se dividieron según el “principio del 50/50”, con las compañías pagando impuestos y regalías al gobierno equivalentes a la mitad de sus ganancias netas del petróleo.

Los nuevos términos, sumados a la creciente producción, provocaron un aumento de seis veces en los ingresos del gobierno y contribuyeron sustancialmente al impresionante desarrollo económico del país en la posguerra. No cabía duda de que Venezuela se había consolidado como un petroestado.

Pero el acuerdo del 50/50 no duró mucho. El nacionalismo cambiaría el equilibrio, y Venezuela aprobó una ley en 1958 para aumentar su participación a aproximadamente el 60%. En 1959 y 1960, las compañías petroleras internacionales, ante el aumento de la oferta procedente de la Unión Soviética, redujeron los precios. Esto, a su vez, disminuyó los ingresos de los demás países exportadores de petróleo. En respuesta, Venezuela, indignada, tomó la iniciativa junto con Arabia Saudita para establecer una nueva organización llamada Organización de Países Exportadores de Petróleo, más conocida como la OPEP, con el fin de defender sus intereses.

 

La OPEP y el aumento de la demanda 

La fundación de la OPEP fue un presagio de lo que estaba por venir. A medida que los mercados se tensaban a finales de la década de 1960 y principios de la de 1970 ante la creciente demanda, una ola de nacionalismo se extendió por los países productores de petróleo. Venezuela nacionalizó las operaciones de las empresas, no mediante la confrontación, como en otros países, sino a través de un proceso de arduas negociaciones. 

Las antiguas concesiones petroleras se transformaron en cuatro empresas operadoras estatales, con personal venezolano que había sido capacitado y trabajado en las compañías internacionales. Las nuevas empresas estatales mantuvieron sus vínculos con los antiguos propietarios para conservar las habilidades técnicas y asegurar que el petróleo llegara al mercado.

Las cuatro empresas operadoras estaban bajo el control de la compañía petrolera nacional, PdVSA, que existía tanto para la coordinación como, lo que es más importante, para servir de amortiguador entre los políticos y las empresas operadoras, protegiéndolas de la interferencia política y reduciendo la corrupción. Cuando visité Caracas en la década de 1990, reunirme con PdVSA y sus subsidiarias era como reunirme con cualquier otra empresa internacional gestionada profesionalmente.

Pero en ese momento la economía venezolana ya estaba en serios problemas. La población se había duplicado en solo dos décadas, el ingreso per cápita había disminuido y la inflación era alta. La única forma obvia de impulsar la economía rápidamente era aumentar los ingresos petroleros, y la única manera de hacerlo era aumentando sustancialmente la producción. Pero PdVSA no podía hacerlo sola. No contaba ni con el capital de inversión ni con la tecnología necesarios.

La respuesta del país durante la década de 1990 fue la Apertura Petrolera. Se invitó a las empresas internacionales a regresar a Venezuela, a traer su tecnología e inversión y a trabajar nuevamente de forma directa, no como propietarias de concesiones, sino como socias y operadoras. El plan encontró una fuerte oposición. Los nacionalistas denunciaron que la soberanía de Venezuela estaba siendo violada una vez más y que el control del petróleo del país, que se había arrebatado a las empresas extranjeras, se vería socavado.

Nadie se opuso con más vehemencia a la Apertura que un carismático coronel del ejército llamado Hugo Chávez, quien había sido encarcelado tras liderar un golpe de Estado en 1992. Para las elecciones presidenciales de 1998, la crisis económica del país se había agravado: el precio del petróleo, la savia de la economía, se había desplomado a 10 dólares el barril. Presentándose como un candidato ajeno al sistema, Chávez, que había sido amnistiado de prisión tan solo cuatro años antes, ganó la presidencia, aunque con una participación electoral de apenas el 36%.

Una vez en el poder, Chávez no tardó en desmantelar el sistema democrático, centralizando todo el poder en sus manos y en las de su círculo cercano, bajo el lema de su “Revolución Bolivariana” y su consigna de “socialismo del siglo XXI”. Reescribió la constitución, eliminó una de las cámaras del parlamento, socavó la independencia del Tribunal Supremo y tomó el control directo de PDVSA y sus enormes ingresos.

 

La influencia de Cuba

Los cubanos llegaron para ayudar a Chávez a consolidar su control. Los padres denunciaron la “cubanización” de los libros de texto escolares, y Chávez se dedicó a jugar béisbol —literalmente— con Fidel Castro, lanzando contra él en un partido en La Habana. El equipo de Castro ganó 5 a 4. Más importante aún, Cuba obtuvo subsidios y suministros de petróleo de Venezuela, un salvavidas para su propia economía. Castro bendijo a Chávez como su hijo político y envió a sus servicios secretos para ayudar a proteger al líder venezolano. “Solo hay revolución y contrarrevolución”, declaró Chávez. “Vamos a aniquilar la contrarrevolución”.

Chávez tuvo la suerte de contar con el aumento de los precios del petróleo para fortalecer su régimen, pero para 2002 la mayoría de los venezolanos se habían cansado de su gobierno cada vez más dictatorial. La oposición masiva y un golpe de Estado lo depusieron brevemente, pero después de tres días bajo custodia en una isla militar, regresó en helicóptero a Caracas. A finales de ese año, una huelga general paralizó el país. Los trabajadores petroleros dejaron de trabajar, la producción de petróleo cayó a casi cero y las exportaciones cesaron. El paro duró un par de meses. Cuando terminó, la mitad de la fuerza laboral fue despedida.

La mayor parte de la inversión extranjera bajo la Apertura se había destinado a la Faja del Orinoco, una región de 54.000 millas cuadradas, rica en petróleo, pero con un petróleo tan denso que no fluía por sí solo. Antes de que Chávez llegara al poder, media docena de empresas habían firmado contratos con PdVSA para producir el petróleo, lo que requería inversión y tecnología adicionales.

Pero Chávez no lo permitió. En el 2007, vestido con uniforme militar rojo, se presentó en el Orinoco para anunciar “la verdadera nacionalización de nuestros recursos naturales” y tronó: “¡Abajo el imperio estadounidense!”. Detrás de él había un cartel que declaraba “Soberanía petrolera plena, el camino al socialismo”. La mayoría de las empresas se marcharon y recurrieron al arbitraje, que, tras largos procesos, les otorgó sentencias que en gran medida quedaron sin pagar.

En el 2013, Chávez murió y fue sucedido por su vicepresidente Nicolás Maduro, un exconductor de autobús que había ascendido a través del movimiento sindical. Había ocupado varios cargos bajo el gobierno de Chávez, incluido el de ministro de Relaciones Exteriores, pero no tenía el carisma de Chávez. Lo que sí tenía era la capacidad de dirigir una dictadura altamente represiva que encarcelaba y torturaba a los opositores, e incluso a quienes simplemente participaban en una protesta callejera.

También presidió un desastre económico, ya que el país, debido a la mala gestión y la corrupción, sufrió simultáneamente hiperinflación y una profunda recesión. En un momento dado, el PIB se contrajo un 35%. Según una estimación, el 75% de la población vivía en la pobreza. La delincuencia era endémica y los cárteles convirtieron el narcotráfico en un gran negocio. Desesperados, ocho millones de los 30 millones de habitantes del país huyeron como refugiados económicos, principalmente a países vecinos.

 

Caída de la producción

Durante décadas, Venezuela había sido un petroestado. Pero bajo el mandato de Maduro, el país apenas cumplía con los requisitos. A lo largo de su presidencia, la producción cayó un 60% y, de hecho, era un 75% menor que cuando Chávez llegó al poder.

Para las compañías petroleras que ahora contemplan regresar a Venezuela, el problema inmediato es la devastación dejada por Chávez y Maduro. “La industria petrolera ha estado en un estado de continua destrucción de activos y valor debido a la falta de inversión y mantenimiento, la corrupción y el control político”, afirmó Juan Szabo, ex alto funcionario de PDVSA.

Durante dos décadas, la corrupción y el robo se extendieron desde la cúpula del gobierno hasta el terreno, donde los trabajadores sin salario vendían equipos de perforación y metal de los oleoductos para comprar comida. El talento huyó de la industria, con muchos de los gerentes más capaces en el exilio. Y la propia PDVSA, que alguna vez fue una de las compañías petroleras estatales más respetadas del mundo, se convirtió en una maquinaria política y una caja chica para el régimen, que todavía sigue en el poder incluso después del arresto de Maduro.

Algunas grandes empresas podrían regresar a Venezuela con la esperanza de recuperar de alguna manera miles de millones de dólares en deudas impagas, y algunas empresas más pequeñas y emprendedores con alta tolerancia al riesgo sin duda buscarán oportunidades allí. Pero nada de esto garantiza una reactivación a gran escala de la otrora poderosa industria petrolera venezolana. Para que eso suceda, tendrá que haber un cambio más fundamental en la política y las políticas de Venezuela, así como en la disposición de las empresas a llegar a un nuevo acuerdo con un país que, a pesar de la ruina dejada por Chávez y Maduro, sigue comprometido con la idea de que debe controlar su propio petróleo. La situación actual me recuerda una conversación que tuve con el director ejecutivo de una de las principales compañías petroleras internacionales en vísperas de la invasión de Irak en 2003. “¿Sabes qué le diré a la primera persona de nuestra empresa que nos presente una propuesta para invertir mil millones de dólares?”, me preguntó. Le preguntaría sobre el sistema legal y político del nuevo régimen, sus políticas económicas y fiscales, las normas para los contratos, los mecanismos de arbitraje y la seguridad. “Háblenos de todo eso”, añadió, “y luego hablaremos de si vamos a invertir o no”.

La Venezuela actual es muy diferente del Irak de Saddam Hussein, y 2025 no es 2003. Sin embargo, se plantearán preguntas similares antes de que miles de millones de dólares en inversiones vuelvan a fluir hacia Venezuela, y habrá que encontrar las respuestas. Eso llevará tiempo.

DANIEL YERGIN is Vice Chairman of S&P Global and the author of The Prize: The Epic Quest for Oil, Money, and Power and The New Map: Energy, Climate, and the Clash of Nations.

Daniel Yergin | www.danielyergin.com