
Ene 05, 2026
PDVSA 25+25
Este Enero del 2026, se cumplen 50 años de inicio de actividades de Petróleos de Venezuela, S.A., el instrumento jurídico que el Estado creó para tomar control operacional y financiero de la industria petrolera, que hasta ese momento estaba regentada por operadoras multinacionales y hasta tres operadoras nacionales, que, en la embriaguez del momento, también fueron estatizadas.
Luis A. Pacheco
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Mucho se ha escrito sobre ese histórico hito, pero hay poco acuerdo al respecto. “Fue un error”, dicen quienes ven en él la semilla del chavismo y la fuente de muchos de los males macroeconómicos que, hasta el día de hoy, martirizan a nuestra población y al aparato productivo no petrolero.
“Fue un engaño”, han dicho otros, que vieron la ley de “nacionalización” (LOREICH) como un subterfugio para permitir que el “enemigo”, las multinacionales petroleras, mantuviera el control del negocio y, eventualmente, regresara. El lector no se sorprenderá de la ironía de que los herederos políticos de ese grupo ocupan hoy el poder y han delegado en las “odiadas” multinacionales la industria petrolera nacional.
Por otro lado, están los que, con orgullo, enarbolan una lista innegable de logros operativos y comerciales de PDVSA. Postulan que una industria que venía languideciendo, como consecuencia de la falta de inversión y de la insostenible carga fiscal previas a 1975, fue dinamizada y llegó a ocupar un lugar importante en el mercado mundial. Eso logros evidenciaron una organización gerencial y tecnológicamente competente, aunque maniatada por unas finanzas asediadas por la enorme carga fiscal, que no cedió con la estatización, ahogada por los subsidios indirectos a la gasolina y al gas natural, y con una estructura de costos en expansión, solo sostenible cuando el ciclo de los precios petroleros tocaba un pico inesperado, producto de variables totalmente exógenas.
El éxito técnico y comercial de PDVSA en esa primera etapa no transcurrió sin contratiempos. Por ejemplo, la política de cuotas de la OPEP siempre fue un tema polémico entre el Ministerio de Energía y Minas y la empresa. Pero hubo otras fuentes de irritación: los salarios de los trabajadores petroleros, la inversión en el extranjero y el debate sobre la distribución de la renta. En general, derivados de la autonomía que el legislador le había otorgado a la estatal en su origen. La mayoría de estos problemas nunca se resolvieron a satisfacción del establecimiento político ni de la gerencia petrolera y resurgieron en el siglo XXI de manera destructiva.
Los técnicos de PDVSA, tanto los que venían de las multinacionales como las nuevas generaciones, crecieron en un entorno organizacional centrado principalmente en la destreza técnica y comercial y tenían una preparación inadecuada para ser sensibles a los matices políticos de sus actividades. En la jerga de la gerencia moderna, PDVSA no era muy hábil en la gestión de sus públicos de interés. A su vez, no hay duda de que a los actores políticos o a la “sociedad” les importaba muy poco comprender los detalles de la industria petrolera, siempre y cuando generara suficientes ingresos para mantener la economía funcionando. Sin duda, todo esto resulta más fácil de identificar en retrospectiva.
El relativo éxito de la estrategia “Apertura Petrolera” (la apertura) en los años 90, un intento de mitigar la endogamia de la estatal que permitió la participación controlada de las compañías petroleras internacionales en el negocio. Esto le dio a Venezuela acceso al capital y la tecnología, necesarios para aprovechar el potencial de su enorme base de hidrocarburos. La apertura impulsó a PDVSA a adaptarse a un entorno cada vez más competitivo, lo cual fue fundamental para contrarrestar las inevitables ineficiencias derivadas del aislamiento legalmente impuesto y de una organización anquilosada. Todos estos eventos generaron fricciones políticas y desequilibrios organizacionales internos.

Los sucesos políticos que llevaron al desmembramiento de PDVSA en el 2002-2003 no son simples de explicar, aun hoy dos décadas más tarde. Pero uno puede argumentar que la crisis se estuvo incubando durante años, mientras imperceptiblemente el país político se colaba por los resquicios del muro institucional que engañosamente creíamos que protegía a la estatal. Eso es hoy historia antigua para las nuevas generaciones, aunque para muchos su PDVSA terminó en 2002-2003, algunos incluso eligen el 1998 como el “fin de esa historia”.
Nos encontramos hoy ante la curiosa situación de que la parte del país que celebra la creación y evolución de PDVSA, solo le reconoce la mitad de su periplo vital, mientras que la otra parte no celebra casi nada, no vaya a ser que la comparación con los primeros veinticinco años ponga en evidencia su desidia e incompetencia en los últimos veinticinco – la mayor y más desperdiciada bonanza petrolera de la historia de Venezuela. En el gran esquema de la historia, ambos períodos son páginas contiguas del mismo libro, aunque a los bandos en disputa les convenga verlos como distintos.
Estas bodas de oro de la estatal tienen un sabor agridulce. Están los que creen recordar una época dorada, incluidos quienes quieren regresar veinticinco años atrás y retomar la historia; por cierto, cada vez menos como resultado del paso de los años. Y los que pensamos que la destrucción de la industria petrolera es una oportunidad para hacer algo nuevo, más coherente con las nuevas circunstancias tecnológicas, financieras y de mercado, aunque no estamos seguros de cómo y si será posible hacerlo.
La mayoría de los venezolanos, hoy como ayer, ven esa discusión con indiferencia. Más de cien años después del Barrosos No.2, seguimos buscando el vocabulario para comunicar la industria petrolera a la Venezuela real, buscar su empatía, motivar el interés. Un azar de la naturaleza alguna vez nos hizo creer que la modernidad era alcanzable; seguimos en deuda.
En 1975, Carlos Andrés habló de los compromisos que contraía el país al asumir la administración de la industria petrolera y luego se embriagó con la bonanza temporal provocada por los países árabes. Hugo Chávez habló de la Plena Soberanía Petrolera —léase como la renta es mía para gastar a mi antojo— y procedió a desmantelar la industria que generaba esa renta. CAP, a diferencia del teniente coronel, buscó enmendar la plana, aunque no tuvo tiempo, mientras que Chávez, con poca capacidad de aprendizaje, ni siquiera comprendió sus errores; murió y dejó en herencia el país en crisis en el que vivimos.
Hoy, a cincuenta años de una idea, la nacionalización, en retrospectiva inevitable, el país necesita nuevas ideas, no porque las viejas fueron malas, sino porque los tiempos son diferentes, la industria es diferente, el mercado es diferente, el país es diferente. ¿Dónde están las nuevas voces con esas nuevas ideas? No estoy seguro, pero si para algo debe servir la historia, es para confiar en que esas voces emergerán en respuesta a la circunstancia y la necesidad, y, probablemente, a trompicones, nos jalen al siglo XXI, con suerte, exorcizados del fantasma del Barrosos no.2.
Madrid, Diciembre 26 del 2025

Luis Pacheco