Feb 19, 2026
Música y Geología
Para Rodolfo Izaguirre
Fue hablando con Francisco Moreno, estudiante de geología, hacienda cola para comprar los caramelitos de miel de las hermanas Mendiri, en Los Teques, que decidí ser geólogo.
Gustavo Coronel
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Esta decisión se cementó cuando leí el libro de un famoso geólogo suizo llamado Hans Cloos, en el cual decía que “La geología es la música de la Tierra”. Pensé que un arte que fuera la música de la Tierra debía ser algo muy especial. Digo arte porque, cuando decidí estudiar geología aun no podía hablarse de ella como una ciencia sino, a lo sumo, como un arte con algunos componentes científicos.
Hablo de la década de 1940. En esos años todavía un escrito sobre geología era generalmente firmado por una sola persona. Y el geólogo era visto todavía como un naturalista, como alguien quien no solo se ocupaba de rocas y de historia de la Tierra sino también de plantas, flores y especies animales. El modelo era Humboldt quien cantaba, bailaba y se acompañaba.
Hoy en día, por supuesto, la geología es una ciencia, aunque todavía sea esencialmente cierto lo que decía Wallace Praat, geólogo estadounidense: “el petróleo se encuentra en la mente de los hombres”. Hoy en día los aportes a la geología son generalmente elaborados por un equipo, más que por una sola persona. Quizás de manera un tanto simplista pueda decirse que el arte es una actividad individual mientras que la ciencia es una actividad de equipos.
En todo caso, eso de la geología como música de la Tierra tiene que ver con la naturaleza siempre cambiante de nuestro pequeño planeta azul, con los incesantes cambios que experimenta, cambios capaces de generar altas montañas donde antes existió un océano o de convertir las más altas montañas en un valle que asemeja una mesa de billar, tan plano que ni los ríos pueden ya moverse en línea recta y se convierten en inmensas culebras de agua que fluyen muy lentamente. El rugido de los volcanes o, al contrario, el suave deslizarse de la lava, los movimientos de placas tectónicas que de repente se convierten en inmensos terremotos, todo a nuestro alrededor está en movimiento.
Seguramente Cloos pensó en esto como una inmensa sinfonía de la Tierra, con esa amplitud humanista que suelen tener los geólogos suizos, como lo fue mi mentor Konrad Habicht, en cuya casa de Schaffhausen me tomé media botella de coñac que Albert Einstein le había regalado a su padre.
Cuando estudié geología, en la Universidad de Tulsa, Oklahoma, puse en práctica esa estrecha asociación de la música con la geología. lo cual me dio excelentes resultados pues me gradué. Experimentando logré refinar asociaciones especificas entre aspectos de la geología y la música que escuchaba al estudiarla. La Geología Histórica, con sus episodios de actividad volcánica e ígnea y su naturaleza en continua transformación se me hacía más fácil escuchando a Stranvinsky, no solo a su Consagración de la Primavera sino Petrushka y El Pájaro de Fuego, aunque Wagner y sus majestuosas oberturas y hasta alguna música de Mussorgsky también me eran muy útiles.
Acompañaba el estudio de la Paleontología con la gran música de Bach, sus conciertos de Brandemburgo y sus suites para cello, aunque, por supuesto, Vivaldi también era perfectamente aceptable. La Petrología, el estudio de las rocas y los minerales se me facilitaba al escuchar a los compositores rusos como Rachmaninov, Borodin y Tchaikovsky.
Decía Cloos: ‘Las rocas han comenzado a hablar porque hay orejas que las escuchan. Los estratos se liberan de su eterno y encantado sueño y una danza surge de las oscuras profundidades del pasado y se muestran ante la luz del presente”. Como verán Cloos también era poeta, dando crédito al viejo dicho: “de músico, poeta y geólogo, todos tenemos un poco”.