Mar 26, 2026

El futuro de los bosques

El origen y el destino de nuestra especie están entrelazados con las raíces y las ramas de los árboles.

Richard Heinberg/Original publicado por Resilience

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Evolucionamos entre los árboles y a su alrededor, y hemos aprendido a cultivarlos y plantarlos por sus frutos, nueces, madera y flores, llevando sus semillas con nosotros a medida que migraba-mos; de ahí la nuez inglesa, nativa de Persia, y el melocotón de Georgia, nativo de China. Es una relación que nos ha llevado por todo el globo, a menudo en barcos o carretas fabricados con madera de árboles.

Si bien las comunidades humanas se han beneficiado inmensamente de los árboles, las comunidades arbóreas (es decir, los bosques) no siempre han salido tan bien paradas en este intercambio. En este artículo, trazaremos los altibajos de esta relación e indagaremos por qué se ha vuelto cada vez más abusiva y unilateral en las últimas décadas. Como era de esperar, muchos de los desafíos recientes para la salud de los bosques han surgido a causa del cambio climático, precisamente cuando los bosques están demostrando ser uno de los principales sistemas de estabilización climática del planeta.

Finalmente, exploraremos qué podemos hacer para defender y restaurar los bosques frente al calentamiento global y otras amenazas. En el camino, profundizaremos en algunos de los hallazgos científicos recientes más intrigantes sobre los árboles y los bosques.

Los fantasmas de los bosques del pasado

Durante los últimos milenios, los bosques del mundo han cambiado en tamaño, composición y, en ocasiones, ubicación. Consideremos Europa central: durante las épocas glaciales, la región carecía casi por completo de árboles; pero a partir de hace unos 10.000 años, con el aumento de las temperaturas y el deshielo, florecieron densos bosques de robles, tilos y avellanos, formando un patrón de mosaico a través del paisaje. Durante este periodo, los asentamientos humanos se expandieron gradualmente, añadiendo granjas, huertos y pastizales a ese mosaico. A medida que pasaban los siglos, y conforme proliferaban la agricultura y la fundición de metales, se talaron más árboles para obtener madera, combustible y para despejar terrenos destinados al cultivo de cosechas anuales y al pastoreo de animales. Los bosques se contrajeron y, en ocasiones, se expandieron según las prioridades humanas. Sin embargo, para el siglo XVI, el *Holznot* (término alemán para «escasez de madera») se había convertido en un problema persistente; un problema que contribuyó a la adopción generalizada del carbón y, más tarde, de otros combustibles fósiles. Hoy en día, el antiguo bosque de Europa central ha desaparecido casi por completo, y sus vestigios se encuentran bajo amenaza.

América del Norte experimentó una evolución similar. En 1800, la región que hoy constituye el sureste de los Estados Unidos estaba cubierta por una vasta extensión de 93 millones de acres de pinos de hoja larga centenarios, que se extendía desde Virginia hasta Texas. Este ecosistema arbóreo había sido cuidado con esmero durante siglos por los pueblos nativos, quienes empleaban quemas controladas para crear claros entre los imponentes árboles, adaptados al fuego. Los primeros exploradores documentaron una extraordinaria biodiversidad vegetal y animal en un paisaje silvano denso y maduro. Sin embargo, para 1820, el bosque se enfrentaba a una rápida deforestación para dar paso a asentamientos, la agricultura y la construcción de carreteras; un proceso que se aceleró enormemente con la llegada de las locomotoras de vapor, las cuales utilizaban inicialmente la madera como combustible, al tiempo que transportaban la madera talada hacia ciudades distantes.

En conjunto, se ha perdido casi un tercio de los bosques del mundo a lo largo de los últimos 10.000 años, reduciéndose la cubierta forestal en las tierras habitables del 57 al 38 por ciento (anteriormente, los bosques cubrían el 40 por ciento de la superficie terrestre total del planeta, mientras que hoy cubren el 30 por ciento). El ritmo de esta pérdida se aceleró considerablemente durante el siglo pasado, registrándose la mitad de toda la deforestación histórica con posterioridad al año 1900.

Aunque las tasas mundiales de deforestación alcanzaron su punto máximo en la década de 1980 y posteriormente se desaceleraron, siguen siendo elevadas —especialmente en las regiones tropicales— debido a la tala y la agricultura. Sin embargo, en el siglo actual está surgiendo una nueva amenaza que podría provocar la pérdida de más de la mitad de la superficie de los bosques que aún subsisten en el mundo para el año 2100, a consecuencia de incendios forestales, sequías, inundaciones y estrés térmico.

Los bosques como víctimas del clima

Investigaciones recientes sugieren que el cambio climático tendrá una serie de repercusiones en los bosques, la mayoría de ellas destructivas. Es un hecho ampliamente aceptado que las especies arbóreas que se han adaptado a las condiciones predominantes durante los últimos miles de años necesitarán migrar hacia los polos para prosperar en un mundo más cálido. No obstante, los bosques llevan un retraso de hasta 200 años con respecto al ritmo de migración necesario, lo que plantea la posibilidad de un colapso forestal generalizado. Además, la composición de la mayoría de los bosques está cambiando hacia especies arbóreas de crecimiento más rápido y menor resiliencia.

Un estudio realizado en 2020 reveló que los bosques se están volviendo más jóvenes y de menor estatura —en gran medida debido a la crisis climática, pero también a la introducción humana de árboles no nativos—, lo cual está reduciendo su capacidad global de almacenamiento de carbono. Asimismo, se están volviendo más simples, al estar poblados por un menor número de especies. Lamentablemente, las especies que parecen estar perdiendo terreno son precisamente aquellas de crecimiento más lento que actúan como pilares de los ecosistemas forestales, sustentando diversas redes de vida; esto es especialmente cierto en los trópicos, donde la biodiversidad alcanza sus niveles más altos.

Cuando los árboles de crecimiento rápido dominan un bosque, las tormentas, las sequías y las plagas pueden causar daños de mayor magnitud. Por el contrario, los árboles de crecimiento lento y larga vida suelen poseer raíces más profundas, troncos más robustos y una madera más densa, características que ayudan a los bosques a resistir tanto las sequías como las plagas. Además, los insectos polinizadores, las aves y los mamíferos suelen estar adaptados a las especies arbóreas de crecimiento lento.

Por último, debido al cambio climático y a las alteraciones en la composición forestal, los incendios forestales están empeorando; actualmente, queman anualmente más del doble de la cubierta arbórea que hace 20 años. Las emisiones de carbono derivadas de los incendios forestales aumentaron un 60 por ciento a nivel mundial entre 2001 y 2023, y las emisiones de los bosques boreales casi se triplicaron, según investigaciones de la NASA. Particularmente en los trópicos, los bosques se enfrentan a puntos de inflexión en los que podrían convertirse en fuentes de carbono en lugar de sumideros, no solo debido a los incendios forestales, sino también a la intensificación de las sequías y a la reducción de la estabilidad del carbono en el suelo.

Los bosques como héroes climáticos

Mientras todo esto sucede, estamos aprendiendo más sobre el papel de los bosques en la estabilización del clima global. Los árboles proporcionan sombra, enfrían el entorno local mediante la transpiración, moderan los ciclos hídricos globales y extraen carbono de la atmósfera. A través de estos cuatro beneficios, los bosques ofrecen quizás nuestra mejor esperanza realista para minimizar la crisis climática.

Seguramente habrá notado que resulta más fresco sentarse bajo un árbol que permanecer de pie bajo la luz abrasadora del sol. Por eso, las ciudades con mayor cantidad de árboles disfrutan de temperaturas superficiales más bajas durante los meses de verano. Los bosques prestan este mismo servicio a una escala inmensa y, a medida que se talan, las temperaturas superficiales locales aumentan de manera significativa.

Los bosques también enfrían el terreno mediante la transpiración. Los árboles extraen agua del suelo y la transportan hasta sus hojas, donde esta se evapora. Gran parte de la energía necesaria para evaporar el agua proviene del calor presente en el aire; a medida que esa energía térmica se transfiere al agua, el aire se enfría. Este es el mismo mecanismo que le hace sentir más frío al salir de una piscina.

Un solo árbol en un bosque tropical puede enfriar el terreno y el aire circundantes de una manera equivalente al trabajo de dos aparatos de aire acondicionado domésticos, evaporando hasta 150 galones de agua al día. Las copas de los árboles cubren una gran superficie, lo que permite evaporar millones o miles de millones de galones diarios. Cuando se talan los bosques en las regiones tropicales, este enfriamiento por evaporación cesa y la superficie terrestre se calienta. Esto está ocurriendo en la inmensa selva amazónica, y las consecuencias serán globales. 

En Borneo se observa un patrón similar. En 2018, unos investigadores encuestaron a los habitantes de 477 aldeas y descubrieron que estos comprenden claramente que la deforestación en la isla está provocando temperaturas más elevadas que amenazan la salud de sus familias. Dada la gran cantidad de evaporación que se produce, cabría pensar que los bosques tendrían un efecto secante neto sobre el terreno circundante. Sin embargo, ocurre todo lo contrario. Los bosques generan su propia lluvia y niebla, regulando los ciclos del agua para mantener los suelos húmedos durante todo el año. Al mismo tiempo, las raíces de los árboles minimizan la erosión y proporcionan hábitat a organismos beneficiosos del suelo. Los bosques mitigan los fenómenos meteorológicos extremos (incluidas las sequías y las inundaciones) y mantienen condiciones que benefician no solo a los propios árboles, sino a toda la red vital de los ecosistemas. forestales.

Richard Heinberg

Richard is Senior Fellow of Post Carbon Institute, and is regarded as one of the world’s foremost advocates for a shift away from our current reliance on fossil fuels. He is the author of fourteen books, including some of the seminal works on society’s current energy and environmental sustainability crisis. He has authored hundreds of essays and articles that have appeared in such journals as Nature and The Wall Street Journal; delivered hundreds of lectures on energy and climate issues to audiences on six continents; and has been quoted and interviewed countless times for print, television, and radio. His monthly MuseLetter has been in publication since 1992. Full bio at postcarbon.org.

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